
Una biblioteca y una colección de discos son lo más pesado y lo más frágil que sale de una casa a la vez. Se estropean por dos motivos: por caja mal elegida y por humedad. Aquí va cómo se prepara el embalatge de llibres y de vinilos en una ciudad de mar, y qué añade al presupuesto tanto peso concentrado.
Son también lo que más tarda en prepararse, porque no hay atajo posible: van pieza a pieza y se tarda lo que se tarda. Quien empieza la mudanza por aquí, y no por la cocina, llega descansado al día de la carga y con la parte delicada resuelta.
Cajas pequeñas para los libros: el peso manda sobre el volumen
La regla es corta: caja pequeña, de cartón de doble onda, llena hasta arriba para que los libros no se muevan dentro y cerrada sin forzar la tapa. El fondo se refuerza con cinta en cruz y una tira más a lo largo de las juntas, que es por donde revienta. Los libros se colocan planos o de canto con el lomo hacia abajo, nunca apoyados sobre el corte de las hojas. Los huecos que quedan arriba se rellenan con papel arrugado, que pesa poco y evita que el contenido baile durante el trayecto.
El criterio práctico para saber si una caja está bien hecha es este: una persona sola tiene que poder levantarla del suelo y llevarla hasta la puerta sin cambiar de agarre por el camino. Si hay que abrazarla contra el pecho, pesa demasiado. Llenar de libros una caja grande termina siempre igual, con el fondo abriéndose en mitad del tramo de escalera y los volúmenes repartidos por los peldaños.
Vinilos de canto, nunca en plano: cómo se embalan
Los discos van siempre de canto, apretados entre sí para que ninguno se incline, con un separador de cartón cada pocos y las fundas mirando todas hacia el mismo lado. Apretados no quiere decir forzados: tiene que poder sacarse uno con dos dedos sin arrastrar al de al lado ni doblar la portada.
Apilarlos en plano deforma el vinilo por el peso de los que quedan encima, y el calor dentro de un vehículo cerrado en verano acelera el efecto hasta dejar el disco alabeado. Por eso las cajas de discos se cargan arriba, a la sombra y nunca pegadas a la chapa. Las carátulas delicadas, las que llevan troquelado o portada abierta, se protegen con papel neutro antes de meterlas en la caja. Y los singles y los discos de siete pulgadas van en su propia caja, porque en una de doce se vuelcan y acaban de canto contra el cartón.
Salitre del Passeig Marítim: embalaje que protege el papel y la funda
En las viviendas del frente marítimo, del Passeig Marítim a Sant Gervasi, el papel y el cartón trabajan como una esponja: cogen la humedad del aire y la sueltan cuando les parece. El resultado se ve enseguida en las carátulas onduladas y en los cantos de los libros abiertos como un acordeón, y ya no hay manera de devolverlos a su sitio.
Lo que funciona es caja rígida bien cerrada, con la cinta cubriendo las juntas, y no apoyar nunca los bultos directamente sobre el suelo, ni en casa ni en el destino: un listón, un palé o una tabla bastan para dejarlos en alto. Y evitar que el material pase la noche en un porche, en un garaje abierto o dentro del vehículo parado en la calle. Si los libros van a guardamuebles, el cierre se cuida todavía más, porque la espera se mide en meses.
Bajar la biblioteca por una escalera del Nucli Antic
Muchas cajas pequeñas y pesadas bajando por una escalera de tres o cuatro alturas con giro corto no se resuelven con un carro. El carro llega hasta donde el peldaño lo permite y a partir de ahí se trabaja en cadena de manos, con una persona por tramo, que es más rápido y bastante más seguro que bajar cada uno la suya hasta abajo.
Antes de empezar se protegen los peldaños y las jambas, porque el canto de una caja llena raspa la pared en el primer giro. Las cajas se cargan al fondo del vehículo y abajo del todo, para que el peso quede repartido y cerca del eje. Y en las calles donde el camión no alcanza el portal, un vehículo corto hace lanzadera hasta el punto en el que espera el grande. Ese ir y venir suma minutos, de modo que compensa tener las cajas ya bajadas al portal antes de que llegue el equipo.
Desmontaje de la estantería y montaje el mismo día en el destino
La estantería se vacía entera antes de tocarla, incluso la que parece que aguanta un empujón con los libros puestos. Se desmonta empezando por los estantes, se guardan tornillos, escuadras y pasadores en una bolsa rotulada pegada con cinta al propio módulo, y las baldas viajan protegidas y numeradas en el mismo orden en el que estaban montadas.
En el destino se vuelve a montar antes de subir las cajas de libros. Así los libros se colocan directamente en su balda y no se quedan apilados una semana en el pasillo. Las baldas de vidrio se embalan aparte, envueltas de una en una y colocadas en vertical, nunca planas ni apiladas, y son lo último que entra en el camión y lo primero que baja de él. Si alguna llegó con el canto astillado ya de casa, se anota en el inventario antes de cargarla.
Qué añade al presupuesto un traslado con mucho peso concentrado
Una biblioteca grande cambia dos cosas de la jornada: el reparto de la carga dentro del vehículo y el tiempo que se tarda en subirla y bajarla, que es donde se van las horas de verdad. Por eso en la valoración se pregunta por los metros lineales de estantería, igual que se pregunta por la planta o por la medida de la cabina del ascensor.
El rango que se observa en el mercado para una mudanza local en el Garraf va de 300 a 1.000 €. Ese número es del mercado; el suyo se fija después de la visita, mirando planta, ascensor, número de bultos y sitio para dejar el vehículo parado. Se firma por escrito antes de cargar. El detalle de lo que incluye el embalaje está en servicios.